Jubilación mínima y trabajo informal: una mujer de 89 años vende sillitas artesanales en para llegar a fin de mes
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La historia de María Inés expone el impacto del deterioro previsional en los adultos mayores y la falta de redes de contención suficientes.
Sentada sobre la vereda de la avenida Santa Fe, en pleno barrio de Palermo, María Inés ofrece pequeñas sillitas de madera hechas a mano. Las dispone con cuidado, una al lado de la otra, esperando que algún transeúnte se detenga. Tiene 89 años y vende cada pieza a $5.000, un ingreso que resulta clave para sostener su vida cotidiana.
Lejos de tratarse de una actividad recreativa, la venta ambulante es una estrategia de supervivencia. María Inés cobra la jubilación mínima, un haber que apenas le permite pagar el alquiler de una habitación. Para todo lo demás —alimentos, medicamentos y gastos familiares— necesita generar ingresos adicionales.
Una vida de trabajo que no garantizó estabilidad
Antes de esta realidad, su vida fue muy distinta. Fue docente de inglés, estudió en el prestigioso Lenguas Vivas y llegó a vivir en distintos países. Pero la estabilidad se quebró con la crisis laboral de su esposo y su posterior enfermedad. A partir de allí, los recursos comenzaron a agotarse y la situación económica se volvió cada vez más frágil.
Hoy, María Inés fabrica las sillitas durante la madrugada, de memoria y sin moldes, y luego sale a venderlas durante el día. Parte de lo recaudado se destina también a afrontar gastos médicos de su hijo con discapacidad, una responsabilidad que asume sin apoyo suficiente del sistema.
El rostro humano de la crisis previsional
Su caso refleja una problemática estructural: el desfase entre los haberes jubilatorios y el costo real de vida. En la Ciudad de Buenos Aires, alquilar, alimentarse y acceder a servicios básicos requiere ingresos muy superiores a los que percibe un jubilado promedio.
La presencia de adultos mayores trabajando en la vía pública ya no es excepcional. Por el contrario, se volvió una escena habitual en distintos barrios porteños. La longevidad, sin políticas de protección adecuadas, se transforma en vulnerabilidad.
María Inés no pide ayuda. Ofrece su trabajo. Cada sillita de madera es fruto de horas de esfuerzo y también un recordatorio incómodo: en la Argentina actual, jubilarse no garantiza descansar. Su historia pone en primer plano la urgencia de debatir el sistema previsional y las condiciones de vida de quienes ya cumplieron con décadas de trabajo.
