Entre operativos y reclamos vecinales: cómo se vive la seguridad en Balvanera
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Balvanera combina en los últimos meses dos relatos que conviven de manera tensa: el de un Gobierno porteño que exhibe operativos de recuperación de inmuebles y desalojos como señal de «orden recuperado», y el de vecinos que siguen señalando zonas del barrio donde la venta de drogas y los robos forman parte de la rutina diaria.
La esquina más peligrosa de la Ciudad
Según datos del Mapa del Delito del Ministerio de Seguridad porteño, la esquina de Pueyrredón y Corrientes, en pleno Once, encabezó durante los últimos años el ranking de siniestralidad delictiva de toda la Ciudad, con 426 robos y hurtos registrados en un solo año. Ese dato, que circula desde hace tiempo entre vecinos y medios de la zona, consolidó a Balvanera —junto con Constitución y Once— dentro de las áreas que distintos relevamientos identifican como de mayor concentración de delitos contra la propiedad en Buenos Aires.
Los robos y hurtos denunciados en la Ciudad crecieron un 15% interanual en la comparación de los últimos ejercicios relevados, un incremento que superó la media nacional y que alimentó la percepción de inseguridad entre los vecinos de comunas como la 3, que incluye a Balvanera y San Cristóbal.
El llamado «Polo Falopero»
Más allá de las estadísticas oficiales, un sector del barrio viene siendo señalado de manera insistente por vecinos autoconvocados: la zona que rodea a Plaza Miserere y las avenidas Rivadavia, Jujuy y Belgrano, junto con calles como Loria y Alsina. Allí, según relatos recogidos entre habitantes de la zona, operan bandas dedicadas a la venta de drogas al menudeo, con puestos improvisados sobre la vereda donde se intercambian objetos robados por dosis. Los propios vecinos bautizaron la zona como «el Polo Falopero», una denominación que refleja el hartazgo frente a una situación que describen como cotidiana y sin respuestas efectivas por parte de las autoridades.
En reuniones con la comisaría de la zona, vecinos plantearon reiteradamente la escasez de personal policial disponible para patrullar el sector, un reclamo que quedó documentado tras un encuentro en el que un comisario reconoció contar apenas con una decena de agentes para cubrir toda el área.
El relato oficial: casas tomadas recuperadas
Del otro lado del mostrador, el Gobierno porteño construyó en los últimos meses un relato distinto, centrado en la recuperación de inmuebles tomados. Según datos difundidos por la administración de Jorge Macri, Balvanera es el barrio de la Ciudad con más casas tomadas devueltas a sus dueños, con alrededor de 100 propiedades recuperadas, muchas de ellas con graves problemas estructurales, conexiones irregulares a los servicios públicos y situaciones de hacinamiento entre sus ocupantes, que las autoridades señalaron además como focos de inseguridad.
«Balvanera estaba completamente tomado. Lo liberamos y le devolvimos la paz a los vecinos», sostuvo el jefe de Gobierno porteño al presentar los resultados de esos operativos, que también apuntaron contra ex hoteles utilizados para la venta de drogas y, según se informó, como refugio de redes de trata de personas.
Hechos puntuales que alimentan la preocupación
A la discusión de fondo sobre el estado general de la seguridad en el barrio se suman episodios puntuales que renuevan la atención mediática. A mediados de agosto, la Policía de la Ciudad detuvo a tres hombres acusados de ingresar por un balcón a un departamento de la calle José Evaristo Uriburu para robar distintos objetos de valor, tras un operativo de seguimiento a través de cámaras de seguridad. Meses antes, en abril, otros dos delincuentes fueron detenidos por una serie de robos cometidos en Almagro y Balvanera, uno de ellos con antecedentes por 16 hechos previos y tres condenas.
Dos lecturas de una misma realidad
El contraste entre ambos relatos —el de una gestión que exhibe recuperación de inmuebles y desalojos como prueba de avance, y el de vecinos que continúan señalando puntos calientes de venta de drogas y robos— refleja la complejidad de un barrio históricamente denso, con alto tránsito de personas por su cercanía a terminales de transporte como Plaza Once, y donde la sensación de inseguridad convive con intervenciones estatales que, según el propio testimonio de sus destinatarios, todavía no logran despejar por completo la preocupación cotidiana de quienes viven y trabajan en la zona.
