Despedida a Lita Boitano: Un Faro de Luz en la Oscuridad

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En el corazón de Buenos Aires, una figura icónica de la lucha por los derechos humanos nos ha dejado. Lita Boitano, la militante incansable, falleció a los 92 años, pero su legado perdura, iluminado por su sonrisa y su fortaleza indomable.

Lita, nacida Ángela Catalina Paolín, era una mujer de origen italiano, una «Tana» con un espíritu alegre y una pasión por la vida que la distinguía. En su juventud, se casó con Miguel Boitano y tuvo dos hijos, Adriana y Miguel. La tragedia golpeó su vida cuando ambos hijos desaparecieron durante la dictadura militar argentina. Esta pérdida la empujó a liderar la búsqueda de justicia a través de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas.

Lita no solo luchó por sus hijos, sino por todos los desaparecidos, convirtiéndose en una voz poderosa contra la opresión. Su estilo de vida y su forma de enfrentar la adversidad eran únicos: cantaba y bailaba con una alegría natural, no forzada. Esta actitud la mantuvo fuerte y la hizo un faro de esperanza para muchos.

Recuerdo a Lita cantando «Bella Ciao», una canción de la resistencia antifascista, con una sonrisa que reflejaba tanto dolor como esperanza. Era su manera de recordar a sus hijos y de seguir luchando. Aun en los momentos más difíciles, Lita mantenía una actitud positiva y contagiosa.

En uno de esos momentos, Lita lloró. Estábamos en una lectura pública, y al leer un texto sobre la ausencia y el dolor de una madre cuyos hijos desaparecieron, sus lágrimas fueron inevitables. Me miró y me dijo: «Al menos a tu madre le quedaste vos», y lloró. Fue una rareza verla así, pero también una muestra de su humanidad y su profunda conexión con el dolor de los demás.

Lita era también una madre de la Plaza de Mayo, una luchadora que junto con otras mujeres como mi madre, asistía a los primeros Encuentros Nacionales de Mujeres. Recuerdo una anécdota que contaba con alegría: una noche calurosa de noviembre en San Bernardo, se metieron al mar en ropa interior, celebrando la vida y la libertad a pesar de las tragedias que las rodeaban.

En 1978, Lita llegó a México para representar a Familiares ante el Papa Juan Pablo II. Aunque no consiguió una audiencia formal, su viaje destacó su determinación. En esa época, ella se hizo amiga del Papa Francisco, una relación que mantuvo hasta sus últimos días.

Lita también fue una figura cercana para muchos de nosotros, los que crecimos y aprendimos de su ejemplo. A pesar de la formalidad de mi trabajo como periodista, es imposible no expresar en primera persona el desamparo que siento con su partida. Ella, junto con otras grandes madres y luchadoras, representaba una suprema idea de dignidad humana que ahora recae en nosotros continuar.

Recordaré a Lita siempre con su sonrisa, su canción y su lucha. La recordaré como la mujer alegre, la «Comendatrice» orgullosa, pero sobre todo, como una madre de grandes hijos. Y aunque su ausencia nos deja más solos, su legado nos guía y su lucha sigue viva en cada uno de nosotros.

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